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Archive for the 'Crónicas de viaje' Category

Invasiones bárbaras

Miercoles, Mayo 21st, 2008

Algunos autoproclamados defensores de la diversidad cultural en el mundo, normalmente extranjeros hispanoparlantes que no hablan una jota de inglés, se sienten con la responsabilidad moral de exteriorizar su enorme preocupación por la integridad cultural de los mexicanos.

–En México están muy americanizados—dicen con repugnancia, justo después de que se percataron que te sabes los coros de las canciones que salen en MTV y que a los jeans les dices Liváis, en lugar de Levis.
Para comprobarlo, usan argumentos tan chafas como que la gente se disfraza en Halloween, cruza apuestas en el Super Bowl o consume más Coca-Cola que cualquier otro país.

Sí, todo lo anterior es cierto, pero también existe una tupida densidad por kilómetro cuadrado de puestos de lámina por toda la ciudad, en donde se venden tacos de sesina, longaniza, tripa y campechanos, regenteados por una misteriosa Asociación Nacional de Ciegos.

Supuestamente, un decreto presidencial de hace más de 56 años, le dio a esta oscurísima organización, cuyos datos de contacto son imposibles de encontrar, la concesión de tener puestos semifijos de comida por toda la ciudad, promoviendo valores de solidaridad social tan importantes como la salmonela y las economías en la erradicación de perros callejeros.

Por curioso que parezca, la autoridad no otorga la concesión a la organización, sino a sus miembros y no a todos, sino sólo a algunos. Todavía no sé cuál es el espíritu de este peculiar actuar gubernamental: promover la inserción productiva de las personas con capacidades diferentes o suscitar una cadena productiva del mundo bizarro, en donde todos los eslabones cobran una cuota.

La autoridad recibe una gratificación de la asociación, el líder de la asociación del invidente, el invidente de su familiar y el familiar del comerciante de tacos de sesina, longaniza, tripa y campechanos, porque obviamente ninguno de los marchantes es ciego. Parece que todos ganan o, por lo menos, los únicos que pierden son los peatones, los comercios formales y los comensales que pescan una infección intestinal.

Lo anterior demuestra que no sólo los hábitos alimenticios y el mal uso de las reglas de ortografía del castellano permanecen inviolados, sino también que las redes más surrealistas de clientelismo y corrupción, tan nuestras, siguen sanas y salvas.

Hay algo en la denuncia de estos extranjeros monolingües que me hace sospechar parcialidad. Aunque dos de cada tres locales de avenidas tan importantes como Copilco, Universidad, Calzada del Hueso y de las Bombas, estén ocupados por escuelas de Tae Kwon Do, nunca manifiestan preocupación por el imperialismo coreano. Mucho menos por el achinamiento de la sociedad mexicana, a pesar de que son pocos los habitantes de esta ciudad que no te recomiendan a un acupunturista buenísimo especialista en cualquier tipo de dolencia y de que, en el agregado, el valor de los cacahuates japoneses que se consumen durante las horas inútiles que pasamos en el periférico estacionados, supera el producto interno bruto de más de un pueblo del Estado de México.

Si verdaderamente estuvieran interesados en la preservación de las virtudes y las buenas costumbres mexicanas, el imparable avance de los herederos del maléfico doctor Shirota les quitaría el sueño. Con inhumanas prácticas de lavado de cerebro de las que hasta el momento me he librado, un ejército de ambiciosas amas de casa clasemedieras, no conformes con ser vendedoras platino o diamante de Amway y Herbalife, traicionaron a la patria y se aliaron con los invasores japoneses.

Estas señoras colaboracionistas han logrado convertir en zombis a dos millones y medio de mexicanos promedio, que toman yakult todos los días y que, con la mirada perdida y tono de voz de androide, afirman que ese menjurje azucarado es delicioso.

Hasta que los mexicanos no empecemos a decir que el Dr. Pepper es nuestro refresco favorito, yo dejaría de preocuparme por el imperialismo yanqui.

Me mudé

Viernes, Mayo 16th, 2008

Me mude a http://valentina-riquelme.blogspot.com/

Que la fuerza te acompañe

Jueves, Noviembre 15th, 2007

Silvia, una polaca iniciada en el body art, me dijo sabiamente que el secreto para un tatuaje digno es hacerlo en una zona muy cercana al hueso. Aunque duele más, te ahorras el sufrimiento y la vergüenza de tener un tatuaje que antes de que te creciera la panza era un piolín y ahora, con el paso de los años, se ha convertido en el Gallo Claudio.En Barcelona hay un furor tremendo por los tatuajes. Esta ciudad tiene una especie de estética surf, grunge, hippy o pandrosa, y una de sus manifestaciones es justamente la cantidad de tatuajes y piercings que las personas llevan. No tengo cifras, no tengo fuentes, pero me parece que la gente aquí tiene una particular afición por el arte corporal. 

Basta toparse con Esteban, un señor de unos cincuenta años que pasea desnudo por las calles de la ciudad, mostrando no sólo las estrellas, soles, y grecas que salen de su cuerpo, sino también una perforación de la que cuelga una pesa, alargándole unos diez centímetros el pito.

Un grupo muy particular de oficinistas al que me encuentro dos o tres veces por semana, comiendo en el mismo restaurante, me ha hecho pensar que en Barcelona los tatuajes no parecen ser una manifestación estética contracultural, sino que únicamente son un adorno del cual es más difícil deshacerse que de un lladró.

Como aquí las personas no se visten formales ni para ir a trabajar, no son los jeans y la camiseta lo que distingue a este peculiar grupo de oficinistas alternativos. Lo que los diferencia es que todos llevan las piernas, los brazos, el cuello, los tobillos y hasta las manos plagados de tatuajes.

No sé si esto es simplemente una muestra de la armónica convivencia entre personas con preferencias diferentes o la triste manifestación del más terrible aburguesamiento de la rebeldía. Pareciera que la contracultura ha perdido tantos adeptos que hasta el más grueso de los gruesos, el caballero Sith del Raval, come en el restaurante mainstream al que yo voy a comer.

Darth Maul del Raval es el tatuador más rudo del grupo. Él no se anda con medias tintas, valga la analogía, y su arte corporal no sólo cubre las mismas partes que sus otros compañeros oficinistas. También tiene el coco y la cara completamente tatuados con diseños Sith, sólo que a diferencia de su alter ego del episodio I, en lugar de ser rojo, Lord Maul del Raval es azul.

Es una de esas presencias que es imposible ignorar. Tanto verlo como no verlo produce desazón. Uno se siente inapropiado mirándolo porque su cara es tan brutal que no puedes quitarle los ojos de encima, pero también da vergüenza fingir que es transparente, porque al esquivarlo deliberadamente los movimientos de cabeza y de ojos son completamente antinaturales.

Me intriga. Llevo meses pensando en él. En mis horas de insomnio he aventurado una decena de razones profundas por las que pudo haber decidido hacerse esa transformación extrema. Me suena a que cuando tomó la decisión quería, sin duda, patear a la gente con su imagen y escandalizarla hasta el límite, pero ahora, cuando lo veo sentado en el restaurante “el huertito” de Doña Ondina Capo, me parece que lo que le gustaría es que lo tratasen y lo mirasen como a una persona común y corriente.

Me gustaría preguntarle si todavía le gustan sus tatuajes, si todavía paga con felicidad el altísimo costo de su statement o si ahora lo hace con amargura. Si se siente culpable o si cree que alguien más tuvo la culpa. He elaborado varios planes para abordarlo, para invitarlo a tomar un café y para que me lo cuente todo. Sin embargo, la mitad de las veces no me animo porque su cara me da miedo y la otra mitad porque me siento completamente inapropiada.

Hoy, como si la espada láser de un caballero Jedi me hubiera iluminado, todas mis dudas quedaron disipadas. Caminaba por la calle y, al pasar frente a un restaurante al que nunca he entrado, vi a ese personaje cuya psicología profunda me ha quitado el sueño durante meses. Di media vuelta y volví a pasar frente al ventanal atraída como un imán. No podía creer lo que estaba viendo: un tipo idéntico a Lord Maul, pero en lugar de tener la cara azul, la tenía lisa, color carne y sin tatuajes. Finalmente comprendí que Darth Maul del Raval tiene un hermano gemelo y que gracias a su autoinmolación, la fuerza se ha vuelto a equilibrar.

El beso de Judas

Viernes, Noviembre 9th, 2007

Las tradiciones no son sólo ritos, también tienen clarísimos tintes políticos y, por ello, en algunas ocasiones se alimentan con más ahínco de lo que resultaría natural. Así, las costumbres catalanas, además de promover la cultura nativa, también son una herramienta para marcar de manera sutil las diferencias y la propia identidad vis-a-vis el resto de España.  

Gracias a este tinte un tanto cuanto miliciano, de defensas y batallas constantes, Barcelona muchas veces parece una capital provinciana, en la que se respetan, festejan y santifican, todas y cada una de las fiestas, con la única condición de que sean catalanas.  

Por ejemplo, a diferencia del resto de España, en Barcelona se celebra el día de Sant Esteban comiendo canelones, el lunes de Pascua los padrinos regalan chocolates a sus ahijados, el día de Sant Jordi se intercambian libros y rosas, el de Sant Joan se revientan hasta el amanecer y comen coca, en lugar de beberla o inhalarla, y en la víspera del día de Todos los Santos, no festejan la noche de brujas, sino la castañada, y se reúnen con sus amigos a comer panallets. Son tan diferentes que ellos mismos se autodenominan polacos y se identifican con un burro como símbolo nacional. 

A los barceloneses verdaderamente les gustan sus usanzas. Cambiar los hábitos, como a casi todos, les cuesta mucho. Entre estas tradiciones inamovibles se encuentran también dos métodos bastante populares para esperar turno en comercios y oficinas: la fila común y el muy catalán sistema de tanda. 

No creo que sea necesario explicar cómo funciona la fila o cola universal. No obstante, el sistema de tanda es mucho menos conocido, pero no por ello menos eficiente. Consiste en llegar a un lugar y preguntarle a todos los que esperan: “¿último?”. Así, el que llegó inmediatamente antes que tú se identifica y, con esa respuesta, te cede el honor y te conviertes en el nuevo “último”, hasta que alguien más aparezca. 

La mayor parte del tiempo la fila y la tanda se coordinan bastante bien, pero en algunas contadas ocasiones la información no fluye correctamente entre los que esperan, y al mismo tiempo unos hacen filas y otros tanda. La última vez que fui a hacerme unos análisis, surgió precisamente esta situación.  

En el laboratorio había una incipiente cola en la que me formé. Sin embargo, un viejito que pasó a mi lado me dijo que él era el último. Yo estaba muy contrariada, no sabía si debía abandonar la fila y sólo preocuparme por hacerle saber a cualquier recién llegado que yo era la última. La fila y la tanda convivieron como en dimensiones paralelas hasta que se presentó la enfermera y puso orden a un patio de escuela de nonagenarios que gritaban arengas a favor y en contra de la fila y de la tanda. 

A pesar de que estos mecanismos no son perfectos y de que se pueden presentar errores como el descrito arriba, incluso en el desorden que producen se fomentan las tradiciones catalanas, al generarse un caldo de cultivo propicio para la práctica intensiva del deporte nacional: discutir de todo y a toda hora por puro gusto.

Lamentablemente, los enemigos pueden estar en todos lados, y hasta las propias instituciones nacionales han comenzado a atacar abiertamente a la Cataluña profunda. Las innovadoras oficinas de la Generalitat, en un desplante esquizofrénico, han herido de muerte a la tanda catalana. Con la novedad de que han montado sofisticadísimas máquinas que te dan un número precedido por una letra, dependiendo del trámite que quieras hacer, y pantallas que avisan a qué mostrador hay que dirigirse. Ya no hay fila, ya no hay tanda, ya no hay moral.

 Yo no soy la única que se enreda por el cambio cultural, confundiendo mi turno 15, con tener que ir a que me atiendan al cubículo 15. Al parecer, al ama de casa barcelonesa promedio le pasa exactamente lo mismo.

Otros que la pasan fatal con estas políticas destructivas de las raíces catalanas son los mayores de sesenta. Los pobres se quedan pasmados cuando de la máquina sale el papelito en el que se indica el  turno. No se mueven, ni se sientan. De hecho, casi ni respiran, sólo ven fijamente la pantalla sin parpadear como en un trance de pánico, sin poder hacer eso que han practicado desde pequeños y que tanto les gusta: armarla de jamón. 

Si la Generalitat sigue con estas tácticas de contraespionaje y de uniformidad cultural, no faltará mucho para que al mismísimo burro catalán le empiecen a salir cuernos y comience a engordar, pareciéndose cada vez más al toro de Fundador.

Intriga internacional

Lunes, Octubre 29th, 2007

La tradición ayurvédica clasifica a las personas en tres grandes categorías: vata, pitta y kapha, dependiendo de características físicas, apetitos, hábitos y humores. De esta forma, se dice que las enfermedades surgen cuando la gente se sale de balance, ya sea porque adquiere características de otro dosha (categoría) o porque las características de su dosha natural se exacerban.

Los vata tienden a ser delgados, ansiosos, medio histéricos e insomnes, pero también suelen tener una mente creativa y artística. Por su parte, los pitta tienen una estructura física mediana, fuerte y musculosa, así como un intelecto agudo y normalmente son líderes de grupos. Finalmente, los kapha tienen tendencia al sobrepeso, duermen mucho tiempo y profundamente. Son tranquilos y muy metódicos, pero también tienen un carácter delicado y son lentos para enojarse.

Esta filosofía de más de cinco mil años de antigüedad se puede reducir simplemente en que los vata son una bola de anoréxicos atormentados, los pitta se creen los dueños del universo y los kapha son los gordos disparadores de la secundaria.

Tanto la dieta como las actividades físicas recomendadas por esta sabiduría de
la India, dependen del dosha que mejor describe a una persona. Por ejemplo, los vata, al ser hiperactivos, ya tienen demasiado fuego interior, por lo que no se recomienda que coman picante; mientras que, contrariamente, para los kapha, por ser más güevoncitos, justamente se receta comer alimentos muy aderezados para sentir la llama en el culo que los haga moverse.

Mi conocimiento sobre esta milenaria ciencia surgió de un retiro de yoga de seis días al que asistí hace unos meses. Además de practicar yoga, también escuchaba pláticas sobre temas selectos de patchulismo.

Fue justo al finalizar la plática sobre medicina ayurvédica, cuando la perfecta profesora de yoga, de ojos verdes perfectos y talla cero perfecta, giró la cabeza hacia mí y, señalándome, dijo: “ella es kapha indudablemente”, y siguió describiendo al resto de la clase como creativísimos vata o inteligentísimos pitta, ante mi cara estupefacta.

Yo no daba crédito. Todos estaban conspirando en contra mía para volverme loca, haciéndome pensar que el mundo me percibía como una gordinflona perdida y una baquetona sin remedio.

Sí, es cierto, durante los seis días que duró el retiro de yoga, no me desperté ni una sola mañana para la meditación y el pranayama de las seis y media de la madrugada, aunque tampoco para desayunar dos horas después –prueba suficiente de que no soy una gorda perdida.

Sí, es cierto, elegí tomar clase con el grupo de señoras que no llegaban ni a tocarse las rodillas, en lugar de la clase de asthanga con los jóvenes vigorosos que terminaban hechos una sopa de tanto sudar. Pero lo hice por minuciosa, no porque la clase fuera más leve, ya que quería perfeccionar el conocimiento de las posturas –muestra clara de que en mi cerebro no existe pereza, sino una necesidad continua de mejorar.

Sí, es cierto, a pesar de que había una alberca divina, yo nunca nadé, mientras que el resto de los pittas y vatas de mi grupo se la pasaron haciendo natación olímpica, los muy pedorros. El problema es que la tortura a la que me sometió Dimas, el profesor de natación, amarrándome las piernas a la tabla de flotadora y lanzándome a la alberca a darle seiscientas vueltas a mis tiernos ocho años, me dejó completamente traumada. No nado por eso y, de ninguna manera, por pereza.

No podía quedarme con esa infamia atravesada, así es que cuando regresé a casa, una vez terminado el retiro, busqué en internet el cuestionario oficial que utilizan los profesionales del ayurveda para clasificar a sus pacientes y, con ello, desvelar la verdad y limpiar mi buen nombre de persona atlética y activa.

Los resultados, ni de la primera vez que contesté el cuestionario ni de la número cien, se acercaron a describirme como la esbelta, equilibrada y dinámica mujer que soy, y se empeñaban en insistir en que soy una kapha perdida. Esto me hace pensar que no sólo mis compañeros de retiro están incluidos en este complot internacional que quiere hacerme pasar por una gordita simpática, sino también todos los sitios ayurvédicos de internet. El acabose fue cuando al llenar el cuestionario número 101, los resultados tuvieron un vuelco inesperado y comenzaron a definirme como una persona con características físicas kapha, pero psicológicas vata –histérica, trastornada y obsesiva-compulsiva.

Todas las almas

Viernes, Octubre 26th, 2007

En un cuarto de hospital, una mañana nublada de hace veinte años, vi sin vida el cuerpo de mi abuelo Vale. Estaba tendido en la cama con una mordaza que le sostenía la quijada. Mi extravagante madre, a la que tras 32 años de convivencia sigo sin entender del todo, me llevó a ver al primer muerto de mi existencia.

Después de esa primera vez, los muertos y sus respectivos velorios se han multiplicado, y supongo que conforme pase el tiempo, este número irá creciendo de manera exponencial, hasta que yo misma me una a un ejército de zombies o fantasmas.

En cualquiera de sus formatos, los funerales siempre te dejan abatido de pies a cabeza. La muerte de la gente es, por lo menos, triste a secas, como cuando muere alguien viejo; otras veces es trágica y otras muchas más es absolutamente desconsoladora.

Fui al funeral de la madre de una amiga en Barcelona, a pesar de que meses antes había celebrado con la familia que la enfermedad parecía haber cedido. Ese día, como proverbio, me empezó un dolor de estómago que, aunado a la experiencia del funeral, hizo que estuviera hipocondríacamente más consciente de mi finitud.

La agencia funeraria era verdaderamente bonita. Un santuario minimalista, con paredes de alabastro y fuentes de chorro cortísimo, en donde el agua más que hacer ruido, murmuraba. Sin embargo, ese minimalismo que le daba elegancia y solemnidad a la muerte, también le imprimía una duración eterna y una frialdad insoportable, tal y como es.

Nunca pensé que fuera a decir esto, pero me gusta más la versión de la burguesía mexicana. Tal vez justo porque no hay nada más lejano a un santuario eterno que Gayosso Félix Cuevas, en donde todo el tiempo se presentan escenas tan poco solemnes como el escándalo de un congestionamiento en el eje vial, los besamanos de políticos en alguna de las capillas contiguas, los letreros de no fumar con grupos de gente fumándose los pulmones debajo y, con ello, acelerándose en la carrera para ser el protagonista de estos eventos.

Estas imágenes me hacen pensar que, paradójicamente, en medio de la muerte, surge muchísima vida. Por contradictorio que parezca, en los funerales mexicanos no sólo se llora de pena, sino también de risa. Todos, menos el muerto evidentemente, se encuentran en un estado de exacerbada agudeza que me imagino surge de la irremediable confrontación con la propia mortalidad, haciendo crecer exponencialmente la habilidad para contar chistes y la probabilidad de que sucedan cosas surrealistas.

Fui por primera vez a un velorio a los 12 años, cuando el hermano de mi mamá murió. Después de largas horas de pie, estaba completamente agotada y con toda mi humanidad me dejé caer en uno de los sillones. Cinco minutos después sentí cierta incomodidad y me percaté de que la superficie sobre la que me había sentado no era lisa, sino que tenía una especie de grumo que me molestaba.

Levanté una nalga, recargando todo mi peso en la otra, y metí la mano debajo para encontrar el estorbo y removerlo. Después de caer en cuenta de que lo que saqué había sido un sombrero, salí corriendo a ocultarme. Desde mi escondite vi que mi mamá hablaba con el dueño del exsombrero-ahora-turbante, que con cierta tristeza lo acariciaba, tratando de que volviera a su forma original.

Como era de esperarse, mi procreadora me llamó para cumplir una vez más con mi obligación filial de saludar a todos los familiares, amigos, colegas, conocidos y desconocidos, y presentarme al tío Isolino, que venía desde Galicia. Le hice señas para tratar de explicarle la situación, pero su habilidad para entender la mímica resultó ser, por desgracia, limitada.

Todo el camino fui suplicándole a Dios con toda devoción, que el tío gallego no se hubiera dado cuenta de que yo había sido la que aplastó su sombrero. Sin embargo, el tío Isolino sabía de mi culpabilidad, y como venganza, en lugar de acusarme con mi madre, me dio un apretón de manos que sobrepasó, por mucho, la firmeza indicada en el manual de Carreño.

Con ese apretón no sólo me quedé con la mano adolorida toda la semana, sino también comenzaron mis sospechas de que o Dios a veces se hace güey o los humanos estamos solos.

Personalidad múltiple

Miercoles, Octubre 10th, 2007

Los periódicos dicen que cada vez que llueve intensamente en Barcelona, decenas de ratas muertas aparecen en la playa de la Barceloneta. Existen dos explicaciones para este agradable fenómeno: una divertida y otra asquerosa. La primera apunta a que los roedores no son barceloneses, sino mallorquines y que vienen nadando desde esta isla que queda, en ferry de alta velocidad, a cuatro horas de camino.

La segunda explicación es bastante más aburrida y señala que cuando llueve torrencialmente, el volumen de las lluvias sobrepasa la capacidad de los ductos. Las autoridades, para evitar inundaciones, abren de par en par los canales pluviales, por lo que el contenido de las cloacas va directamente al mar sin pasar por los filtros depuradores.

Esto esclarece el fenómeno, pero también produce más escalofríos que la historia de la atlética muerte de las ratas nadadoras de Mallorca, porque significa que en este pedazo del Mediterráneo no sólo flotan ratas muertas, sino también el resto de las cosas que arrastra el drenaje de la ciudad.

Lamentablemente, los ratones barceloneses han desarrollado la amistosa costumbre de irse a dar una vuelta a mi humilde hogar y cagarlo todo, antes de ir a morir a la playa de la Barceloneta. El primer roedor que pisó mi departamento era descaradamente atrevido o ciego, sordo y sin olfato, porque la presencia humana no le producía ningún tipo de recelo. Recorría la casa de cabo a rabo sin importarle que yo estuviera ahí, haciendo ruidos espeluznantes para atemorizarlo.

El segundo duró poco, ya que con mi grácil y liviano caminar lo aplasté sin darme cuenta. Intenté deslindarme de la responsabilidad y del asco de haberle pasado como aplanadora por encima. Sin embargo, el dibujo de la suela de mi zapato, grabado en todo su cuerpo, era prueba contundente de mi culpabilidad.

El tercer y último ejemplar apareció unos días después de que fui a ver la última película de Pixar. Los talentos y simpatía de Rémy hicieron mella profunda en la sensibilidad del hombre sensible con el que vivo, haciéndolo sugerir la enternecedorsísima idea de tomarlo como mascota.

A pesar de que semejante ocurrencia me provocó un ataque histérico y de que argumenté que las cucarachas, palomas, ratas y ratones, son pestes y que, por tanto, no entran en la categoría de animalitos del señor con los que hay que ser compasivos, los remedios tradicionales que yo propuse (ratoneras o veneno) fueron vetados por crueles, como si fueran instrumentos de tortura de la Inquisición.

La tarea de encontrar un remedio rápido y eficiente, pero también piadoso, no parecía difícil, ya que de todas las ciudades españolas, Barcelona es la más avanzada en temas de protección a los animales y en organizaciones que luchan para combatir la crueldad –odian las corridas de toros, está prohibido el sacrificio de animales abandonados y la gente que maltrata a los perros puede ser castigada hasta con un año de cárcel.

Fui a la tienda especializada y mientras le pedía al dependiente una trampa humanitaria para ratones tipo flautista de Hamelin, un hippy nativo del barrio más hippy de la ciudad escuchó el problema y, con entusiasmo de activista de Greenpeace o del WWF, empezó a explicarme un método infalible.

– Lo que tienes que hacer es coger un cartón de un metro por un metro, echarle adhesivo especial y ponerlo en el lugar por el que crees que salen los ratones.

– Después, ya que cayeron dos, tres, cuatro o hasta cinco, y están bien pegados en el cartón, te acercas sigilosamente, coges una escoba y los matas a palazos –gritó emocionado como niño cruel de primaria mientras a mí me daban nauseas.

– Las maté a palazos porque ya estaba hasta los huevos de las ratas –-señaló con la cara descompuesta y rojo de coraje, como si estuviera en una sesión de psicoanálisis hablando con su terapeuta.

Segundos después agregó, con un tono de voz plácido y con la serenidad de un yogui:

– Ojo, que yo soy vegetariano y pacifista.

Blasfemias

Jueves, Octubre 4th, 2007

Los catalanes tienen la muy particular forma de decir las fechas de sus eventos personales y laborales, haciendo referencia al santoral. Aunque en México no se lleve la laicidad a extremos tan divertidos como en Uruguay,  en donde el día de Reyes es el día de los Niños, la Semana Santa es la Semana del Turismo, y la Navidad es el día de la Familia, esta vinculación catalana de los sucesos cotidianos con una cierta religiosidad me resulta bastante extravagante.

Un catalán promedio sabe ubicar en el calendario, como mínimo, los días de los santos Jorge, Juan, Esteban, Jaime y Ana, así como el de la Virgen María, el de la Merced y el de la Inmaculada Concepción. Pero, el mismo catalán promedio, también blasfema unas cinco veces al día con un florido Me cago en Déu. A diferencia de México, un país secularizado a punta de pistola en donde la religión se arrancó por completo de los asuntos estatales –aunque se haya quedado bien enraizado en los privados–, en España pareciera que en la esfera pública, la Iglesia Católica sigue teniendo prerrogativas que no son muy comunes en un Estado laico.

Por ejemplo, tan raro como parezca, en la declaración anual de impuestos, los ciudadanos pueden elegir entre destinar un porcentaje de su renta a la Iglesia Católica –así de directo– o a otra causa de interés social en general. A pesar de que estoy convencida de que las distintas iglesias desempeñan un papel importante para la sociedad, lo escandaloso es que, en cuestiones de financiamiento gubernamental, para el Estado español sólo existe la Católica.

Todos los que hemos visto la trayectoria de Almodóvar podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que los preceptos de la religión cada vez tienen menos incidencia en las costumbres de la sociedad española. No obstante, sigue existiendo un núcleo duro bastante numeroso de católicos recalcitrantes, y este fin de semana me enfrenté a uno de ellos en Montserrat.

Montserrat es una especie de villa de Guadalupe, con cerro más grande que el Tepeyac, pero iglesia más chiquita que la Basílica. Es un santuario religioso, pero también es un centro turístico y un parque natural. La iglesia y el monasterio están localizados sobre un macizo rocoso que de repente surge de la nada, en un valle de terreno relativamente plano, y cuya silueta recuerda a los dientes de una sierra – de ahí su nombre.

En uno de los restaurantes que alimentan a los más de dos millones de visitantes que recibe Montserrat cada año, pero no dentro de la iglesia, me tomaba un café, pero de ninguna manera me estaba comiendo una ostia o bebiendo un vino consagrado, y, entre sorbo y sorbo, le daba besos en el cachete a alguien, pero para nada me lo estaba revolcando.

Un peregrino bastante vejete, con caspa en las cejas y babas en la comisura de los labios, que se había autoimpuesto la orgullosa misión de guardar con celo las buenas costumbres en el santuario en la que se rinde culto a la moreneta (morenita) –como llaman con cariño los catalanes a la imagen de la virgen de Montserrat—reprochó mi blasfemo comportamiento, alegando que ninguno de los rincones de la montaña, con sus más de diez kilómetros cuadrados de extensión, era lugar para hacer esa clase de actos pornográficos.

Si consideraba esto una blasfemia y una afrenta directa a la catalanísima virgen de Montserrat, no quiero ni imaginar qué habría hecho si hubiera presenciado una historia divina que me contaron hace unos cuantos años.

En una maternidad de Washington D.C., pocas horas después del nacimiento de una niña de padres mexicanos con debilidad por los nombres catalanes, una enfermera gringa, fundamentalista del political correctness, leyó el nombre de la recién nacida en la hojita rosa de registro que pegan en las cunas y dijo, en un intento por mantener siempre el buen humor y la sonrisa en la boca, como le enseñaron en un curso de la Universidad de la Hamburguesa:

– Monster Rat, what an interesting name!

Panteón

Miercoles, Septiembre 26th, 2007

Confieso, con enorme vergüenza y temor de suicidarme socialmente, que en ocasiones absolutamente predecibles como cuando una masa canta el himno nacional o corea, al unísono, porras a la selección, se me estruja el corazón y se me salen, sin que mi voluntad participe, un par de lagrimones completamente irracionales. Lo odio, pero por mensajes subliminales recibidos durante la tierna infancia y durante una muy sumisa adolescencia, estas situaciones me conmueven en automático y por más que he intentado arrancarlas, diluirlas o, por lo menos, disimularlas, la información parece estar tatuada permanentemente en el hemisferio derecho de mi cerebro. Todo esto a pesar de que en mis cinco sentidos odie el nacionalismo, deteste a las masas y denuncie como cachirules los resultados del muy célebre concurso internacional de himnos nacionales.Al parecer ese interesantísimo y prestigiosísimo certamen sólo tuvo dos premios, porque que yo sepa, el conocimiento transmitido de generación en generación por niños de primarias públicas y privadas, cuando ensayaban sus cuarenta mil estrofas, sólo incluía a “La Marsellesa” y a “Mexicanos al grito de guerra”, el tercer lugar no merecía ser recordado o no hubo presupuesto para premiarlo.Colombianos, guatemaltecos, peruanos, ecuatorianos y mexicanos, por lo menos, compartimos características que no se reducen al color de la piel y a haber heredado instituciones coloniales españolas. En todos estos países existe algo, un no sé qué, que fue un buen caldo de cultivo para que se propagara el rumor sobre la supremacía poética y musical del himno nacional de Francia que soltó algún francés pedorro. Los colombianos, guatemaltecos, peruanos y ecuatorianos dicen exactamente la misma agachada y pusilánime tontería, que el segundo himno nacional más bonito del mundo, después de La Marsellesa, es el de ellos.

Era catalán uno de los dos culpables de que todos los lunes durante cinco años de primaria y tres de secundaria haya tenido que cantar una arenga a la guerra, la sangre y la violencia. Jaume Nuno i Roca nació y creció en Cataluña, se educó en Italia y trabajó en Estados Unidos, y sólo pasó fugazmente por el país. Dos años de residencia en la Ciudad de México fueron suficientes  para que el señor Nunó se convirtiera en hijo predilecto de la República, casi tan ilustre como el tigre mexicano que hace dos o tres años se comió a uno de los magos gemelos de Las Vegas.

El destino ya se encargó de hacerle pagar su osadía y este catalán, que casi todos los mexicanos creemos que es mexicano, pasará la eternidad pegado al otro culpable. Jaume Nuno i Roca y Francisco González Bocanegra, que en vida no estuvieron relacionados de ninguna manera y podría apostar que hasta gordos se caían, están enterrados en el mismo nicho en la otrora Rotonda de los Hombres Ilustres del Panteón de Dolores (ahora Rotonda de Personas Ilustres).

Todo esto lo sé porque una de las actividades principales de las recientes festividades patrias mexicanas en Cataluña fue una verbena dominical en el pueblo natal del señor Nunó: Sant Joan de les Abadesses. Los habitantes de este pueblo del Pirineo casuísticamente vinculado con México, en un gesto de generosidad, bailaron el himno nacional como si fuera una Sardana –el baile tradicional de Cataluña—y dicen, los que se levantaron a tiempo, que si en el concurso internacional de himnos nacionales se hubiera considerado el valor coreográfico, esos franceses nos la habrían pelado.

Borde. 1. adj. Bastardo. 2. adj. coloq. Maleducado, impertinente, esquinado, de trato difícil.

Lunes, Septiembre 17th, 2007

De la boca de todos los mexicanos que conozco que han pasado unos cuantos minutos o toda una vida en España he escuchado exactamente la misma observación. Unos la dicen con zozobra; otros hasta con un poco de miedo, y otros francamente encabronados.

–¡Qué pinche gritones son los españoles!

Nadie puede no darse cuenta de esto. Ni para los más pacientes ni para los más malhumorados puede pasar desapercibido que si en España hubiera más aguacates, los servicios de salud no se darían abasto.

Para mi espíritu, acostumbrado a un léxico en el que los diminutivos conviven graciosamente con los porfavores, los compermisos y los mandeustés, era muy desconcertante que un perfecto desconocido se pusiera a increparme a más de 100 decibeles porque cuando me trajo el café con leche, yo le pedí la sacarina, y no todo al mismo tiempo, violando los derechos laborales de los camareros para no acercarse a la misma mesa dos veces si no se les pega la gana.

No es que sea una activista. No pertenezco a ninguna organización anti-bélica ni rezo todas las noches por la paz del mundo. La inconfesable verdad es que la violencia verbal me repele porque revela mi estrechez mental, y no por ideas perfumadas de patchuli.

El grupo de personas súper avispadas que pueden contestar, sin aumentar el volumen de su voz y con control total sobre la pigmentación de su piel, un elegante hachazo de maltrato verbal no es mi club. Yo frente a una boca que, sin deberla ni temerla, sin decir agua va, me empieza a escupir tepocatas; primero, me quedo pasmada; después me pongo roja –¡como si la que tuviera que tener vergüenza por tan antisocial comportamiento fuera yo!–; y, finalmente, me vuelvo a quedar pasmada. Lo mío, lo mío, no es el botepronto lingüístico.

Una de las peores fue una ocasión en la que el maldito controlador del metro Fontana en el barrio de Gracia no sólo me gritó, sino que, además, se burlo de mí. Pasé toda la noche con la bilis derramada, apuntando mentalmente frases inteligentísimas, mordacísimas, que habría podido usar si se me hubieran ocurrido seis horas antes. A la mañana siguiente me desperté con la cara seca de tanta muina, el espíritu envenenado y el corazón rasposo.

Otra buena fue cuando tuve que aguantar la insoportable charla de un taxista que se quería hacer el simpático desde la puerta de mi casa en el Raval hasta el Hospital Clinic en la Eixample. Durante unos quince minutos me preguntó sobre mi estado civil, la felicidad sexual de mi novio, mis habilidades culinarias y el tamaño de mi culo y del de mi mamá, y yo, en nombre de una convivencia cordial, lo toleré todo con una sonrisa en la boca. Sin embargo, a la hora de pagarle la cuenta, se convirtió en Frankenstein y me pegó una gritiza de antología que estoy segura se usará como caso de estudio en las sesiones dominicales de neuróticos anónimos. Sí, está bien, le pagué el viaje en taxi de seis euros con un billete de 50. Sí, es cierto, hasta en México el taxista se hubiera medio encabronado, pero aquí parecía que se estaba medio muriendo de la rabia.

Felizmente, después de aguantar durante tantísimo tiempo que me gritaran en la panadería, en la tienda, en la calle, por teléfono, en el supermercado y hasta en la puerta de mi casa, mi paciencia se ha visto recompensada. He aprehendido (del lat.apprehendĕre 1. tr. Coger, asir, prender a alguien, o bien algo) que las gritizas que se propinan unos a otros no son personales y que no tienen nada que ver con el buen o mal humor, sino más bien con la disciplinada práctica de un deporte nacional: armarla de pedo, o hacerla de jamón. Además, después de ocho meses de entrenamiento, lamento informar a mis enemigos que me he convertido en una contendiente bastante respetable y que podría representar a España con decoro en cualquier justa internacional.