Invasiones bárbaras
Miercoles, Mayo 21st, 2008Algunos autoproclamados defensores de la diversidad cultural en el mundo, normalmente extranjeros hispanoparlantes que no hablan una jota de inglés, se sienten con la responsabilidad moral de exteriorizar su enorme preocupación por la integridad cultural de los mexicanos.
–En México están muy americanizados—dicen con repugnancia, justo después de que se percataron que te sabes los coros de las canciones que salen en MTV y que a los jeans les dices Liváis, en lugar de Levis.
Para comprobarlo, usan argumentos tan chafas como que la gente se disfraza en Halloween, cruza apuestas en el Super Bowl o consume más Coca-Cola que cualquier otro paÃs.
SÃ, todo lo anterior es cierto, pero también existe una tupida densidad por kilómetro cuadrado de puestos de lámina por toda la ciudad, en donde se venden tacos de sesina, longaniza, tripa y campechanos, regenteados por una misteriosa Asociación Nacional de Ciegos.
Supuestamente, un decreto presidencial de hace más de 56 años, le dio a esta oscurÃsima organización, cuyos datos de contacto son imposibles de encontrar, la concesión de tener puestos semifijos de comida por toda la ciudad, promoviendo valores de solidaridad social tan importantes como la salmonela y las economÃas en la erradicación de perros callejeros.
Por curioso que parezca, la autoridad no otorga la concesión a la organización, sino a sus miembros y no a todos, sino sólo a algunos. TodavÃa no sé cuál es el espÃritu de este peculiar actuar gubernamental: promover la inserción productiva de las personas con capacidades diferentes o suscitar una cadena productiva del mundo bizarro, en donde todos los eslabones cobran una cuota.
La autoridad recibe una gratificación de la asociación, el lÃder de la asociación del invidente, el invidente de su familiar y el familiar del comerciante de tacos de sesina, longaniza, tripa y campechanos, porque obviamente ninguno de los marchantes es ciego. Parece que todos ganan o, por lo menos, los únicos que pierden son los peatones, los comercios formales y los comensales que pescan una infección intestinal.
Lo anterior demuestra que no sólo los hábitos alimenticios y el mal uso de las reglas de ortografÃa del castellano permanecen inviolados, sino también que las redes más surrealistas de clientelismo y corrupción, tan nuestras, siguen sanas y salvas.
Hay algo en la denuncia de estos extranjeros monolingües que me hace sospechar parcialidad. Aunque dos de cada tres locales de avenidas tan importantes como Copilco, Universidad, Calzada del Hueso y de las Bombas, estén ocupados por escuelas de Tae Kwon Do, nunca manifiestan preocupación por el imperialismo coreano. Mucho menos por el achinamiento de la sociedad mexicana, a pesar de que son pocos los habitantes de esta ciudad que no te recomiendan a un acupunturista buenÃsimo especialista en cualquier tipo de dolencia y de que, en el agregado, el valor de los cacahuates japoneses que se consumen durante las horas inútiles que pasamos en el periférico estacionados, supera el producto interno bruto de más de un pueblo del Estado de México.
Si verdaderamente estuvieran interesados en la preservación de las virtudes y las buenas costumbres mexicanas, el imparable avance de los herederos del maléfico doctor Shirota les quitarÃa el sueño. Con inhumanas prácticas de lavado de cerebro de las que hasta el momento me he librado, un ejército de ambiciosas amas de casa clasemedieras, no conformes con ser vendedoras platino o diamante de Amway y Herbalife, traicionaron a la patria y se aliaron con los invasores japoneses.
Estas señoras colaboracionistas han logrado convertir en zombis a dos millones y medio de mexicanos promedio, que toman yakult todos los dÃas y que, con la mirada perdida y tono de voz de androide, afirman que ese menjurje azucarado es delicioso.
Hasta que los mexicanos no empecemos a decir que el Dr. Pepper es nuestro refresco favorito, yo dejarÃa de preocuparme por el imperialismo yanqui.
