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El beso de Judas

Las tradiciones no son sólo ritos, también tienen clarísimos tintes políticos y, por ello, en algunas ocasiones se alimentan con más ahínco de lo que resultaría natural. Así, las costumbres catalanas, además de promover la cultura nativa, también son una herramienta para marcar de manera sutil las diferencias y la propia identidad vis-a-vis el resto de España.  

Gracias a este tinte un tanto cuanto miliciano, de defensas y batallas constantes, Barcelona muchas veces parece una capital provinciana, en la que se respetan, festejan y santifican, todas y cada una de las fiestas, con la única condición de que sean catalanas.  

Por ejemplo, a diferencia del resto de España, en Barcelona se celebra el día de Sant Esteban comiendo canelones, el lunes de Pascua los padrinos regalan chocolates a sus ahijados, el día de Sant Jordi se intercambian libros y rosas, el de Sant Joan se revientan hasta el amanecer y comen coca, en lugar de beberla o inhalarla, y en la víspera del día de Todos los Santos, no festejan la noche de brujas, sino la castañada, y se reúnen con sus amigos a comer panallets. Son tan diferentes que ellos mismos se autodenominan polacos y se identifican con un burro como símbolo nacional. 

A los barceloneses verdaderamente les gustan sus usanzas. Cambiar los hábitos, como a casi todos, les cuesta mucho. Entre estas tradiciones inamovibles se encuentran también dos métodos bastante populares para esperar turno en comercios y oficinas: la fila común y el muy catalán sistema de tanda. 

No creo que sea necesario explicar cómo funciona la fila o cola universal. No obstante, el sistema de tanda es mucho menos conocido, pero no por ello menos eficiente. Consiste en llegar a un lugar y preguntarle a todos los que esperan: “¿último?”. Así, el que llegó inmediatamente antes que tú se identifica y, con esa respuesta, te cede el honor y te conviertes en el nuevo “último”, hasta que alguien más aparezca. 

La mayor parte del tiempo la fila y la tanda se coordinan bastante bien, pero en algunas contadas ocasiones la información no fluye correctamente entre los que esperan, y al mismo tiempo unos hacen filas y otros tanda. La última vez que fui a hacerme unos análisis, surgió precisamente esta situación.  

En el laboratorio había una incipiente cola en la que me formé. Sin embargo, un viejito que pasó a mi lado me dijo que él era el último. Yo estaba muy contrariada, no sabía si debía abandonar la fila y sólo preocuparme por hacerle saber a cualquier recién llegado que yo era la última. La fila y la tanda convivieron como en dimensiones paralelas hasta que se presentó la enfermera y puso orden a un patio de escuela de nonagenarios que gritaban arengas a favor y en contra de la fila y de la tanda. 

A pesar de que estos mecanismos no son perfectos y de que se pueden presentar errores como el descrito arriba, incluso en el desorden que producen se fomentan las tradiciones catalanas, al generarse un caldo de cultivo propicio para la práctica intensiva del deporte nacional: discutir de todo y a toda hora por puro gusto.

Lamentablemente, los enemigos pueden estar en todos lados, y hasta las propias instituciones nacionales han comenzado a atacar abiertamente a la Cataluña profunda. Las innovadoras oficinas de la Generalitat, en un desplante esquizofrénico, han herido de muerte a la tanda catalana. Con la novedad de que han montado sofisticadísimas máquinas que te dan un número precedido por una letra, dependiendo del trámite que quieras hacer, y pantallas que avisan a qué mostrador hay que dirigirse. Ya no hay fila, ya no hay tanda, ya no hay moral.

 Yo no soy la única que se enreda por el cambio cultural, confundiendo mi turno 15, con tener que ir a que me atiendan al cubículo 15. Al parecer, al ama de casa barcelonesa promedio le pasa exactamente lo mismo.

Otros que la pasan fatal con estas políticas destructivas de las raíces catalanas son los mayores de sesenta. Los pobres se quedan pasmados cuando de la máquina sale el papelito en el que se indica el  turno. No se mueven, ni se sientan. De hecho, casi ni respiran, sólo ven fijamente la pantalla sin parpadear como en un trance de pánico, sin poder hacer eso que han practicado desde pequeños y que tanto les gusta: armarla de jamón. 

Si la Generalitat sigue con estas tácticas de contraespionaje y de uniformidad cultural, no faltará mucho para que al mismísimo burro catalán le empiecen a salir cuernos y comience a engordar, pareciéndose cada vez más al toro de Fundador.

3 Responses to “El beso de Judas”

  1. Rubas Says:

    Ja ja ja ja. Conspiraciones contra la tanda, es buena. Me imagino a los gobiernos mexicans atentendo contra los puestos de tacos… huuuy

  2. latamoderna Says:

    VAYA, me sentí en Banamex, no sé por qué. ¿Se autodenominan polacos? QUé ignorante soy, no entendí.

    Un abrazote

  3. Sergio Says:

    Hola!…que bueno esta esto. A ver si entendi bien, la tanda requiere que uno recuerde quien estaba inmediatamente antes que uno, verdad? Y tiene la ventaja de que no hay que guardar un orden espacial para preservar el orden temporal de prioridades. Pero que pasa si alguien decide no esperar mas y se va, se pierde un eslabon…si se va la persona que estaba antes que yo, como se cuando es mi turno? Me encanta tu blog Valentina.

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