Intriga internacional
La tradición ayurvédica clasifica a las personas en tres grandes categorías: vata, pitta y kapha, dependiendo de características físicas, apetitos, hábitos y humores. De esta forma, se dice que las enfermedades surgen cuando la gente se sale de balance, ya sea porque adquiere características de otro dosha (categoría) o porque las características de su dosha natural se exacerban.
Los vata tienden a ser delgados, ansiosos, medio histéricos e insomnes, pero también suelen tener una mente creativa y artística. Por su parte, los pitta tienen una estructura física mediana, fuerte y musculosa, así como un intelecto agudo y normalmente son líderes de grupos. Finalmente, los kapha tienen tendencia al sobrepeso, duermen mucho tiempo y profundamente. Son tranquilos y muy metódicos, pero también tienen un carácter delicado y son lentos para enojarse.
Esta filosofía de más de cinco mil años de antigüedad se puede reducir simplemente en que los vata son una bola de anoréxicos atormentados, los pitta se creen los dueños del universo y los kapha son los gordos disparadores de la secundaria.
Tanto la dieta como las actividades físicas recomendadas por esta sabiduría de
la India, dependen del dosha que mejor describe a una persona. Por ejemplo, los vata, al ser hiperactivos, ya tienen demasiado fuego interior, por lo que no se recomienda que coman picante; mientras que, contrariamente, para los kapha, por ser más güevoncitos, justamente se receta comer alimentos muy aderezados para sentir la llama en el culo que los haga moverse.
Mi conocimiento sobre esta milenaria ciencia surgió de un retiro de yoga de seis días al que asistí hace unos meses. Además de practicar yoga, también escuchaba pláticas sobre temas selectos de patchulismo.
Fue justo al finalizar la plática sobre medicina ayurvédica, cuando la perfecta profesora de yoga, de ojos verdes perfectos y talla cero perfecta, giró la cabeza hacia mí y, señalándome, dijo: “ella es kapha indudablemente”, y siguió describiendo al resto de la clase como creativísimos vata o inteligentísimos pitta, ante mi cara estupefacta.
Yo no daba crédito. Todos estaban conspirando en contra mía para volverme loca, haciéndome pensar que el mundo me percibía como una gordinflona perdida y una baquetona sin remedio.
Sí, es cierto, durante los seis días que duró el retiro de yoga, no me desperté ni una sola mañana para la meditación y el pranayama de las seis y media de la madrugada, aunque tampoco para desayunar dos horas después –prueba suficiente de que no soy una gorda perdida.
Sí, es cierto, elegí tomar clase con el grupo de señoras que no llegaban ni a tocarse las rodillas, en lugar de la clase de asthanga con los jóvenes vigorosos que terminaban hechos una sopa de tanto sudar. Pero lo hice por minuciosa, no porque la clase fuera más leve, ya que quería perfeccionar el conocimiento de las posturas –muestra clara de que en mi cerebro no existe pereza, sino una necesidad continua de mejorar.
Sí, es cierto, a pesar de que había una alberca divina, yo nunca nadé, mientras que el resto de los pittas y vatas de mi grupo se la pasaron haciendo natación olímpica, los muy pedorros. El problema es que la tortura a la que me sometió Dimas, el profesor de natación, amarrándome las piernas a la tabla de flotadora y lanzándome a la alberca a darle seiscientas vueltas a mis tiernos ocho años, me dejó completamente traumada. No nado por eso y, de ninguna manera, por pereza.
No podía quedarme con esa infamia atravesada, así es que cuando regresé a casa, una vez terminado el retiro, busqué en internet el cuestionario oficial que utilizan los profesionales del ayurveda para clasificar a sus pacientes y, con ello, desvelar la verdad y limpiar mi buen nombre de persona atlética y activa.
Los resultados, ni de la primera vez que contesté el cuestionario ni de la número cien, se acercaron a describirme como la esbelta, equilibrada y dinámica mujer que soy, y se empeñaban en insistir en que soy una kapha perdida. Esto me hace pensar que no sólo mis compañeros de retiro están incluidos en este complot internacional que quiere hacerme pasar por una gordita simpática, sino también todos los sitios ayurvédicos de internet. El acabose fue cuando al llenar el cuestionario número 101, los resultados tuvieron un vuelco inesperado y comenzaron a definirme como una persona con características físicas kapha, pero psicológicas vata –histérica, trastornada y obsesiva-compulsiva.

Noviembre 1st, 2007 at 10:41 pm
¡Como siempre precioso! Me encantó, me reí mucho.
¿Cuántas veces nos obsesionamos por escuchar lo que queremos escuchar???? Ay, me sentí aludida… tan tarán…
Saludos
Noviembre 2nd, 2007 at 2:17 am
Que bueno que no lo leí completo hasta ahora que estoy sólo en la oficina… ¡Me reí a carcajadas! Gracias.
Pero todavía puedes intentar con el Horóscopo chino… Igual y resulta más halagador. Yo soy un burro o algo por el estilo.
Noviembre 4th, 2007 at 2:09 am
Me encanto, mi sobrina cree que enloquecí por que no puedo dejar de reirme, hasta tos medio.
Noviembre 9th, 2007 at 1:05 am
Casi me ahogo mensa! Un abrazo y escribe más seguido!
Noviembre 30th, 2007 at 10:36 pm
jajjajajajajjajajajajajaja Oye, sí se pasó Doña Perfecta!!!!
Pero el remate de tu historia fue perfecto.
Pásate el último cuestionario, no? se presiente más interesante que los otros simplificadores de la existencia humana.
Besotes,