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Todas las almas

En un cuarto de hospital, una mañana nublada de hace veinte años, vi sin vida el cuerpo de mi abuelo Vale. Estaba tendido en la cama con una mordaza que le sostenía la quijada. Mi extravagante madre, a la que tras 32 años de convivencia sigo sin entender del todo, me llevó a ver al primer muerto de mi existencia.

Después de esa primera vez, los muertos y sus respectivos velorios se han multiplicado, y supongo que conforme pase el tiempo, este número irá creciendo de manera exponencial, hasta que yo misma me una a un ejército de zombies o fantasmas.

En cualquiera de sus formatos, los funerales siempre te dejan abatido de pies a cabeza. La muerte de la gente es, por lo menos, triste a secas, como cuando muere alguien viejo; otras veces es trágica y otras muchas más es absolutamente desconsoladora.

Fui al funeral de la madre de una amiga en Barcelona, a pesar de que meses antes había celebrado con la familia que la enfermedad parecía haber cedido. Ese día, como proverbio, me empezó un dolor de estómago que, aunado a la experiencia del funeral, hizo que estuviera hipocondríacamente más consciente de mi finitud.

La agencia funeraria era verdaderamente bonita. Un santuario minimalista, con paredes de alabastro y fuentes de chorro cortísimo, en donde el agua más que hacer ruido, murmuraba. Sin embargo, ese minimalismo que le daba elegancia y solemnidad a la muerte, también le imprimía una duración eterna y una frialdad insoportable, tal y como es.

Nunca pensé que fuera a decir esto, pero me gusta más la versión de la burguesía mexicana. Tal vez justo porque no hay nada más lejano a un santuario eterno que Gayosso Félix Cuevas, en donde todo el tiempo se presentan escenas tan poco solemnes como el escándalo de un congestionamiento en el eje vial, los besamanos de políticos en alguna de las capillas contiguas, los letreros de no fumar con grupos de gente fumándose los pulmones debajo y, con ello, acelerándose en la carrera para ser el protagonista de estos eventos.

Estas imágenes me hacen pensar que, paradójicamente, en medio de la muerte, surge muchísima vida. Por contradictorio que parezca, en los funerales mexicanos no sólo se llora de pena, sino también de risa. Todos, menos el muerto evidentemente, se encuentran en un estado de exacerbada agudeza que me imagino surge de la irremediable confrontación con la propia mortalidad, haciendo crecer exponencialmente la habilidad para contar chistes y la probabilidad de que sucedan cosas surrealistas.

Fui por primera vez a un velorio a los 12 años, cuando el hermano de mi mamá murió. Después de largas horas de pie, estaba completamente agotada y con toda mi humanidad me dejé caer en uno de los sillones. Cinco minutos después sentí cierta incomodidad y me percaté de que la superficie sobre la que me había sentado no era lisa, sino que tenía una especie de grumo que me molestaba.

Levanté una nalga, recargando todo mi peso en la otra, y metí la mano debajo para encontrar el estorbo y removerlo. Después de caer en cuenta de que lo que saqué había sido un sombrero, salí corriendo a ocultarme. Desde mi escondite vi que mi mamá hablaba con el dueño del exsombrero-ahora-turbante, que con cierta tristeza lo acariciaba, tratando de que volviera a su forma original.

Como era de esperarse, mi procreadora me llamó para cumplir una vez más con mi obligación filial de saludar a todos los familiares, amigos, colegas, conocidos y desconocidos, y presentarme al tío Isolino, que venía desde Galicia. Le hice señas para tratar de explicarle la situación, pero su habilidad para entender la mímica resultó ser, por desgracia, limitada.

Todo el camino fui suplicándole a Dios con toda devoción, que el tío gallego no se hubiera dado cuenta de que yo había sido la que aplastó su sombrero. Sin embargo, el tío Isolino sabía de mi culpabilidad, y como venganza, en lugar de acusarme con mi madre, me dio un apretón de manos que sobrepasó, por mucho, la firmeza indicada en el manual de Carreño.

Con ese apretón no sólo me quedé con la mano adolorida toda la semana, sino también comenzaron mis sospechas de que o Dios a veces se hace güey o los humanos estamos solos.

3 Responses to “Todas las almas”

  1. latamoderna Says:

    Como siempre, espectacular.

    Soy tu fan. Ya sé que lo sabes, pero siempre es lindo escucharlo (ah, esta vieja cómo friega).

    Saludos hasta allá…

  2. Cin Says:

    Wow. Lindísimo. Y sí - hay algo en la pulcritud de los sepelios europeos o gringos que no termina de hacer sentido. Uno quiere siempre al tío que se emborrachó por ahí. O la capilla con luz morada que había el día que se murió mi abuelo. O el primo que aprovecha el duelo para anunciar que la novia está embarazada y que se casan en tres semanas. O el plato con cebolla que les ponían abajo a los cajones de muertos en los Altos de Jalisco para que se absorbiera la enfermedad que había atacado al difunto. Esas cosas que te sacan un poquito del drama desolador. Saludos.

  3. Adriana Says:

    Eso estuvo bueno no hay otra manera de decir que Dios no nos pela…

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