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Panteón

Confieso, con enorme vergüenza y temor de suicidarme socialmente, que en ocasiones absolutamente predecibles como cuando una masa canta el himno nacional o corea, al unísono, porras a la selección, se me estruja el corazón y se me salen, sin que mi voluntad participe, un par de lagrimones completamente irracionales. Lo odio, pero por mensajes subliminales recibidos durante la tierna infancia y durante una muy sumisa adolescencia, estas situaciones me conmueven en automático y por más que he intentado arrancarlas, diluirlas o, por lo menos, disimularlas, la información parece estar tatuada permanentemente en el hemisferio derecho de mi cerebro. Todo esto a pesar de que en mis cinco sentidos odie el nacionalismo, deteste a las masas y denuncie como cachirules los resultados del muy célebre concurso internacional de himnos nacionales.Al parecer ese interesantísimo y prestigiosísimo certamen sólo tuvo dos premios, porque que yo sepa, el conocimiento transmitido de generación en generación por niños de primarias públicas y privadas, cuando ensayaban sus cuarenta mil estrofas, sólo incluía a “La Marsellesa” y a “Mexicanos al grito de guerra”, el tercer lugar no merecía ser recordado o no hubo presupuesto para premiarlo.Colombianos, guatemaltecos, peruanos, ecuatorianos y mexicanos, por lo menos, compartimos características que no se reducen al color de la piel y a haber heredado instituciones coloniales españolas. En todos estos países existe algo, un no sé qué, que fue un buen caldo de cultivo para que se propagara el rumor sobre la supremacía poética y musical del himno nacional de Francia que soltó algún francés pedorro. Los colombianos, guatemaltecos, peruanos y ecuatorianos dicen exactamente la misma agachada y pusilánime tontería, que el segundo himno nacional más bonito del mundo, después de La Marsellesa, es el de ellos.

Era catalán uno de los dos culpables de que todos los lunes durante cinco años de primaria y tres de secundaria haya tenido que cantar una arenga a la guerra, la sangre y la violencia. Jaume Nuno i Roca nació y creció en Cataluña, se educó en Italia y trabajó en Estados Unidos, y sólo pasó fugazmente por el país. Dos años de residencia en la Ciudad de México fueron suficientes  para que el señor Nunó se convirtiera en hijo predilecto de la República, casi tan ilustre como el tigre mexicano que hace dos o tres años se comió a uno de los magos gemelos de Las Vegas.

El destino ya se encargó de hacerle pagar su osadía y este catalán, que casi todos los mexicanos creemos que es mexicano, pasará la eternidad pegado al otro culpable. Jaume Nuno i Roca y Francisco González Bocanegra, que en vida no estuvieron relacionados de ninguna manera y podría apostar que hasta gordos se caían, están enterrados en el mismo nicho en la otrora Rotonda de los Hombres Ilustres del Panteón de Dolores (ahora Rotonda de Personas Ilustres).

Todo esto lo sé porque una de las actividades principales de las recientes festividades patrias mexicanas en Cataluña fue una verbena dominical en el pueblo natal del señor Nunó: Sant Joan de les Abadesses. Los habitantes de este pueblo del Pirineo casuísticamente vinculado con México, en un gesto de generosidad, bailaron el himno nacional como si fuera una Sardana –el baile tradicional de Cataluña—y dicen, los que se levantaron a tiempo, que si en el concurso internacional de himnos nacionales se hubiera considerado el valor coreográfico, esos franceses nos la habrían pelado.

3 Responses to “Panteón”

  1. latamoderna Says:

    Y yo que siempre pensé que Jaime Nunó (en español) había sido mexicano. Nadie me lo dijo, yo lo asumí…
    sha la la la la…

  2. Bato Loco Says:

    Sois una naca al llorar por el himno nacional.

  3. irma Says:

    Siempre se aprende algo nuevo. Estoy de acuerdo que el himno nacional mexicano como muchos otros son un elogio a la guerra y a la intolerancia, dos aspectos del ser humano que deberían desaparecer. Propongo que se reinvente el himno con ideas más pacifistas y humanitarias para evitar enfrentamientos sanguinarios

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